Bitácora de Campo
Por Mixa Zúñiga
Producir en el desierto de otra manera
Cuando hablamos del futuro económico de nuestra región, a veces parece que solo tenemos dos caminos: esperar una gran inversión que llegue de fuera o seguir dependiendo de las mismas actividades de siempre. Pero el desierto, el mar y la frontera nos obligan a pensar con más imaginación, con más cuidado y con más sentido práctico.
No se trata de negar lo que ya existe. El turismo, la pesca, el comercio, la agricultura y los servicios han sostenido a muchas familias. Pero también es cierto que una región no puede descansar sobre una sola actividad, ni depender siempre de temporadas buenas, precios variables, decisiones externas o recursos naturales cada vez más presionados.
Sonoyta y Puerto Peñasco tienen condiciones muy particulares. Tenemos sol casi todo el año, cercanía con la frontera, experiencia agrícola, vocación pesquera, conocimiento local, movimiento turístico, jóvenes que pueden capacitarse y un territorio que, aunque parece duro, también ofrece posibilidades. El punto es aprender a producir desde esas condiciones, no contra ellas.
Una primera alternativa está en cultivos mejor adaptados al desierto, como la palma datilera. El dátil no es una ocurrencia rara ni una moda agrícola. Es un cultivo que puede funcionar en zonas áridas si se maneja bien, con riego eficiente, paciencia, asesoría técnica y una visión clara de mercado. No basta con sembrar. Hay que pensar qué se hará después con el producto.
Ahí entra una idea importante: la cadena de valor. Dicho de manera sencilla, significa no quedarse solo en producir la materia prima, sino transformarla, empacarla, darle presentación, venderla mejor y generar más trabajo alrededor. Un dátil puede venderse como fruto, pero también puede convertirse en harina, jarabe, barras energéticas, dulces, repostería, botanas o productos regionales con marca propia.
Lo mismo pasa con muchos alimentos. En lugar de vender todo fresco o dejar que una parte se pierda, podemos pensar en deshidratación, conservación y transformación. Deshidratar alimentos no es simplemente secarlos al sol de manera improvisada. Bien hecho, implica higiene, equipo adecuado, empaque, etiqueta, permisos, calidad y mercado.
En una región como la nuestra, eso puede aplicarse a dátiles, tomate, chile, hierbas, frutas, carne seca, pescado, mariscos, botanas regionales, salsas, condimentos y otros productos que podrían durar más tiempo y venderse mejor. La diferencia entre vender algo en bruto y venderlo transformado puede ser enorme para una familia, una cooperativa o un pequeño negocio.
También tenemos que hablar de la energía solar. En el desierto solemos padecer el sol, pero también podríamos aprovecharlo mejor. Y no me refiero solamente a poner paneles en los techos, aunque eso también ayuda. Me refiero a pensar la energía solar como una economía completa.
Una economía solar significa formar técnicos, instaladores, electricistas, personas que sepan dar mantenimiento, pequeños talleres, proveedores locales, escuelas que capaciten, jóvenes que aprendan un oficio y negocios que puedan bajar sus costos de luz. Si el sol es una de nuestras mayores características, no tiene sentido que siempre dependamos de empresas externas para convertirlo en oportunidad.
La energía solar puede servir para hogares, comercios, ranchos, escuelas, granjas, refrigeración de alimentos, bombeo de agua, talleres y procesos productivos. Puede ser una fuente de ahorro, pero también de empleo. La pregunta es si queremos ser solo consumidores de tecnología o también formar parte de esa economía.
En la costa, una de las rutas más claras es fortalecer la acuacultura. La acuacultura es, en términos sencillos, cultivar especies acuáticas en condiciones controladas. En Puerto Peñasco ya existe una base importante con las granjas ostrícolas. Ahí hay una oportunidad real, porque el ostión puede convertirse no solo en producto, sino en identidad gastronómica, experiencia turística, marca local y orgullo de ciudad.
Fortalecer las granjas ostrícolas no significa inventar desde cero. Significa apoyar lo que ya está funcionando: mejorar infraestructura, sanidad, permisos, empaque, comercialización, rutas gastronómicas, capacitación y conexión con restaurantes y mercados. Una ciudad costera puede construir parte de su identidad productiva alrededor de lo que sabe hacer bien.
Pero también se pueden explorar otras formas de maricultura, que es la acuacultura realizada en el mar o con especies marinas. Ahí entran el cultivo de algas, camarón y peces de agua salada, ya sea en granjas en el mar o en sistemas sobre tierra con agua salada. No se trata de hacerlo a ciegas. Cada opción necesita estudios, regulación, cuidado ambiental y acompañamiento técnico.
El cultivo de algas, por ejemplo, puede servir para alimentos, bioinsumos, fertilizantes, cosmética o alimento animal. La camaronicultura tiene mercado, pero requiere mucho cuidado sanitario y ambiental. La piscicultura marina, que es el cultivo de peces de mar, también puede abrir posibilidades si se hace con especies adecuadas, control de residuos y monitoreo. La idea no es sustituir la pesca tradicional, sino diversificar la economía costera con más conocimiento y menos presión sobre el mar.
Otra alternativa poco discutida, pero muy importante, es producir plantas nativas. En las ciudades del desierto necesitamos sombra, parques, camellones, banquetas arboladas, jardines de bajo consumo de agua y paisajes que sí correspondan al clima. Para eso hacen falta viveros de especies regionales.
Mezquite, palo verde, palo fierro, gobernadora, ocotillo, sahuaros y otras especies adaptadas pueden formar parte de una economía local ligada al paisajismo desértico, la arborización urbana y la restauración ecológica. Esto no es solo plantar por plantar. Es pensar la vegetación como infraestructura verde.
La infraestructura verde es todo aquello que usa la naturaleza para mejorar la vida urbana: árboles que dan sombra, suelos que absorben agua, parques que bajan la temperatura, corredores verdes, jardines con especies nativas y espacios públicos más habitables. En una región con calor extremo, eso también es salud pública.
Además, se puede vincular con el uso de agua tratada. El agua tratada es aquella que ya fue usada, pero que pasa por un proceso para poder reutilizarse en actividades como riego de áreas verdes, viveros, parques, camellones o ciertos usos productivos. No es agua para todo, pero sí puede ayudar mucho si se maneja bien. En ciudades del desierto, reutilizar agua no debería verse como algo secundario, sino como parte de la planeación básica.
También está el nearshoring de servicios profesionales. Normalmente escuchamos la palabra nearshoring y pensamos en fábricas, naves industriales o grandes empresas. Pero también existe una oportunidad en los servicios. Una región fronteriza puede ofrecer trabajo remoto o especializado para empresas de México y Estados Unidos: atención bilingüe, administración, contabilidad, diseño, marketing digital, edición de video, soporte técnico, traducción, gestión inmobiliaria, asistencia virtual y capacitación.
Para eso se necesita internet, inglés, formación técnica, espacios de trabajo, certificaciones y jóvenes preparados. No todo el desarrollo llega en tráiler. A veces llega por computadora, por una videollamada, por una oficina compartida, por una persona que aprendió a vender sus servicios desde su ciudad sin tener que irse.
Todas estas alternativas tienen algo en común: no son fantasías lejanas. Son actividades que pueden empezar pequeñas, crecer con orden y conectarse entre sí. El dátil puede vincularse con deshidratado y marca regional. La energía solar puede ayudar a bajar costos en talleres, granjas y pequeños negocios. La acuacultura puede conectarse con gastronomía y turismo. Los viveros nativos pueden mejorar la ciudad y generar empleo. Los servicios profesionales pueden abrir oportunidades para jóvenes sin depender solo del empleo tradicional.
La región necesita una agenda productiva más amplia. No para reemplazar todo lo que existe, sino para sumar posibilidades. Para que haya más caminos, más oficios, más capacidades y más formas de generar ingreso sin romper el territorio.
Producir en el desierto no significa forzarlo a ser otra cosa. Significa entenderlo mejor. Saber que el agua es limitada, que el sol puede ser una ventaja, que el mar debe cuidarse, que la frontera puede abrir oportunidades y que la gente local no solo necesita empleo, también necesita herramientas para crear valor.
El futuro económico de Sonoyta y Puerto Peñasco puede construirse desde actividades más sustentables, más situadas y más nuestras. No será de un día para otro. Pero puede empezar con una idea sencilla: dejar de mirar el desierto como límite y empezar a verlo como punto de partida.
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