Bitácora de Campo
por Mixa Endi Zuñiga
Apuntes sobre la vivienda en el desierto
Puerto Peñasco vive un momento importante de su historia. La ciudad crece, atrae inversión, recibe visitantes y continúa consolidándose como uno de los destinos turísticos más relevantes del noroeste del país. Ese crecimiento debe reconocerse porque ha generado oportunidades económicas para miles de familias y ha contribuido a transformar la realidad de la región.
Sin embargo, toda ciudad que crece enfrenta una pregunta inevitable: ¿cómo lograr que el desarrollo también se refleje en la vida cotidiana de quienes lo hacen posible? Detrás de cada hotel, restaurante, desarrollo inmobiliario o actividad turística existe una amplia comunidad de trabajadores que construyen, limpian, cocinan, conducen, atienden y mantienen en movimiento la economía local. El éxito de una ciudad turística no depende únicamente de la llegada de visitantes, sino también de la calidad de vida de las personas que sostienen esa actividad todos los días.
Por eso, cuando hablamos de desarrollo, también hablamos de dignidad. De la posibilidad de acceder a una vivienda adecuada, a servicios públicos confiables, a espacios seguros para las familias y a condiciones que permitan construir un proyecto de vida en el lugar donde se trabaja. Una ciudad fuerte es aquella donde el progreso económico y el bienestar social avanzan en la misma dirección.
En ese contexto, la vivienda ocupa un lugar central. Durante años, mecanismos como el Infonavit han permitido que miles de trabajadores accedan a una vivienda propia, y recientemente el gobierno federal ha colocado nuevamente este tema como una prioridad nacional a través de diversos programas orientados a ampliar la oferta habitacional. Es una señal positiva porque reconoce una necesidad real que atraviesa buena parte del país.
Sin embargo, en municipios como Puerto Peñasco y Sonoyta también existe una realidad que merece atención: una parte importante de la población desarrolla actividades económicas desde la informalidad o en esquemas laborales que dificultan el acceso a los mecanismos tradicionales de financiamiento para vivienda. Pensar en el futuro de nuestras ciudades implica también encontrar alternativas para quienes trabajan, generan ingresos y contribuyen a la economía local, pero siguen enfrentando obstáculos para acceder a una vivienda propia.
La vivienda, además, no puede analizarse de manera aislada. Está relacionada con la planeación urbana, la movilidad, el agua, la energía y los servicios públicos. Por eso resulta interesante observar que mientras Puerto Peñasco cuenta ya con instrumentos de planeación urbana que orientan parte de su crecimiento, en Sonoyta avanza actualmente la elaboración de un Programa de Desarrollo Urbano, un esfuerzo necesario para ordenar procesos que ya están ocurriendo sobre el territorio.
Y es que Sonoyta continúa expandiéndose. Nuevas viviendas y nuevos asentamientos aparecen de manera constante, muchas veces de forma dispersa y desconectada entre sí. No se trata de cuestionar ese crecimiento, sino de preguntarnos cómo hacerlo más eficiente, más integrado y más sostenible. Porque cuando una ciudad crece sin conexión entre sus distintas áreas, los costos terminan reflejándose en la movilidad, los servicios y la calidad de vida de la población.
Existe además una característica particular que distingue a Sonoyta. Una parte importante del crecimiento ocurre sobre tierras sujetas al régimen ejidal, donde las decisiones responden a formas propias de organización y autoridad. Esa realidad obliga a pensar la planeación desde la coordinación y el diálogo. El futuro urbano del municipio no puede construirse únicamente desde el gobierno ni únicamente desde los núcleos agrarios; requiere una visión compartida que permita conectar esfuerzos y construir acuerdos de largo plazo.
Uno de los temas que más claramente refleja esta necesidad es el agua. Cada nueva colonia, cada nuevo lote y cada nueva vivienda generan una demanda adicional sobre sistemas que ya enfrentan desafíos importantes. Si actualmente la infraestructura presenta averías frecuentes y dificultades para satisfacer plenamente las necesidades de la población, resulta razonable preguntarse cómo responderá dentro de algunos años si el crecimiento continúa sin una estrategia paralela de fortalecimiento y expansión.
La planeación urbana no consiste solamente en definir dónde se puede construir. También implica anticipar dónde habrá agua, drenaje, energía, vialidades, equipamiento y servicios suficientes para sostener ese crecimiento. En otras palabras, consiste en pensar el futuro antes de que los problemas se vuelvan inevitables.
Y en una región desértica como la nuestra, la conversación sobre vivienda debe incorporar además otro elemento fundamental: la adaptación al clima. Durante décadas hemos replicado modelos de construcción diseñados para contextos muy distintos al nuestro. Sin embargo, existen técnicas, materiales y diseños arquitectónicos capaces de reducir significativamente el consumo energético, mejorar el confort térmico y disminuir costos para las familias sin comprometer la viabilidad económica de los proyectos habitacionales. Construir para el desierto implica comprender el desierto.
Quizá esa sea una de las conversaciones más importantes para los próximos años. No solamente cuántas viviendas necesitamos, sino qué tipo de viviendas, en qué lugares, con qué servicios y bajo qué visión de ciudad.
Porque al final, hablar de vivienda es hablar de calidad de vida. Hablar de vivienda es hablar de agua, de energía, de transporte, de planeación y de oportunidades. Hablar de vivienda es hablar del futuro.
Y el futuro, como suele ocurrir en el desierto, empieza a construirse mucho antes de que podamos verlo en el horizonte.
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